
An AI-generated interpretation of the archaeological excavation at Pasaje 4 in Antiguo Cuscatlán. Created for Our Life in El Salvador.
Bajo una de las calles más transitadas de Antiguo Cuscatlán, un descubrimiento arqueológico ha devuelto a la vida una historia que permaneció oculta durante casi 3.000 años.
Un esqueleto humano casi completo, que podría datar de alrededor del año 850 a. C. o incluso ser más antiguo, fue hallado en el sitio arqueológico Pasaje 4. De confirmarse su antigüedad mediante estudios científicos, podría tratarse de uno de los entierros más antiguos documentados en El Salvador.
Más allá de su valor científico, el hallazgo nos recuerda que bajo las calles, viviendas y comercios de nuestras ciudades aún permanecen las huellas de comunidades que vivieron mucho antes que nosotros.
Un entierro milenario bajo la ciudad
Los restos fueron descubiertos el pasado 2 de julio en la Trinchera 1 del sitio arqueológico Pasaje 4, en Antiguo Cuscatlán, La Libertad Este. Tras varias semanas de excavación y documentación, el entierro fue cuidadosamente extraído el 21 de julio.
La investigación fue dirigida por el arqueólogo salvadoreño Carlos Flores Manzano, candidato a doctorado en la Universidad de Yale, con la supervisión de especialistas de la Dirección Nacional de Patrimonio Cultural del Ministerio de Cultura.
Según informó la institución, la persona fue enterrada boca abajo, con una orientación de aproximadamente 17 grados al este del norte. El esqueleto conserva cerca del 90 % de su estructura ósea, un nivel de preservación excepcional considerando el tiempo transcurrido.
Flores Manzano explicó que la ubicación del entierro fue especialmente afortunada: apareció prácticamente en el centro de la trinchera. Si hubiera estado apenas unos centímetros más hacia un lado, su recuperación sin daños habría sido mucho más complicada.
Una vez registrados todos los detalles, los restos fueron estabilizados con yeso y otros materiales de conservación antes de ser trasladados al Museo Nacional de Antropología Dr. David J. Guzmán (MUNA), donde continuarán los estudios.
Una antigüedad que aún debe confirmarse
Aunque inicialmente se estima que el entierro corresponde a alrededor del año 850 a. C., esa fecha todavía no es definitiva.
La cronología preliminar se basa en la posición del entierro bajo una capa de ceniza volcánica asociada con la erupción del volcán Plan de la Laguna, ocurrida aproximadamente en esa época. Esto indica que la persona fue sepultada antes de aquel evento eruptivo.
Para confirmar su antigüedad, los investigadores realizarán análisis de radiocarbono. Además, estudios de ADN permitirán conocer más sobre la identidad biológica del individuo, incluyendo si se trataba de un hombre o una mujer.
Por ello, lo más prudente es describir este hallazgo como uno de los entierros más antiguos conocidos de El Salvador, a la espera de los resultados científicos que permitan precisar su edad.
La pequeña tortuga que acompañó al difunto
Uno de los elementos más emotivos del hallazgo es una diminuta vasija de cerámica encontrada junto al esqueleto.
La pieza pertenece a la tradición cerámica Usulután y tiene la forma de una tortuga marina. Según Flores Manzano, todo indica que el individuo la sostenía entre sus manos al momento de ser enterrado.
Hoy es imposible saber con certeza qué significado tenía este objeto para quienes realizaron el sepelio. Pudo haber sido una ofrenda funeraria, un objeto personal o un símbolo espiritual.
En muchas culturas antiguas, la tortuga ha representado la fertilidad, el agua, la tierra o la conexión entre distintos mundos. Sin embargo, los arqueólogos advierten que no debemos proyectar interpretaciones modernas sobre una sociedad cuyas creencias aún desconocemos.
Lo que sí sabemos es que alguien colocó cuidadosamente esta pieza junto al difunto.
Ese pequeño gesto convierte el hallazgo en algo profundamente humano. Ya no observamos únicamente un conjunto de huesos antiguos, sino el recuerdo de una persona que fue despedida y honrada por su comunidad.
Los investigadores también aclararon que el individuo no murió a causa de la erupción volcánica. El entierro ocurrió antes de que la ceniza cubriera el lugar.
Cuando los volcanes se convierten en guardianes de la historia
Los volcanes han transformado repetidamente el paisaje salvadoreño. Han destruido asentamientos y obligado a las comunidades a desplazarse, pero también han conservado vestigios que de otro modo se habrían perdido para siempre.
En Pasaje 4, los arqueólogos identificaron dos antiguos surcos de cultivo de yuca preservados bajo depósitos de ceniza de diferentes erupciones.
Uno quedó sellado por la erupción de Plan de la Laguna, alrededor del año 850 a. C.; el otro permaneció bajo los depósitos de la gigantesca erupción de la Caldera de Ilopango, ocurrida entre los años 431 y 539 d. C.
Estos surcos son mucho más que simples marcas en la tierra.
Son la evidencia de personas que trabajaban el campo, cultivaban alimentos y construían su vida cotidiana mucho antes de que existiera la ciudad que hoy conocemos.
Mientras hoy circulan vehículos y se levantan edificios en Antiguo Cuscatlán, hace miles de años otras familias sembraban yuca en ese mismo valle para alimentar a sus hogares.
La erupción de Plan de la Laguna
Las investigaciones realizadas por los arqueólogos Paul Amaroli y Robert Dull permitieron reconstruir la historia volcánica de Plan de la Laguna.
Los estudios determinaron que se trató de un maar monogenético, un volcán formado durante un único episodio eruptivo.
Su erupción fue de tipo freatomagmático, un fenómeno que ocurre cuando el magma entra en contacto con agua subterránea, provocando explosiones extremadamente violentas.
Hace aproximadamente 2,900 años, aquella erupción cubrió con ceniza un paisaje que ya estaba habitado y cultivado.
Paradójicamente, esa misma ceniza que destruyó parte del entorno terminó preservando los vestigios de quienes vivían allí.
Siglos después, la gigantesca erupción de Ilopango dejó otra capa de depósitos volcánicos sobre gran parte del territorio salvadoreño.
Para los arqueólogos, estas capas funcionan como las páginas de un libro. Al leerlas en orden, pueden reconstruir cuándo las personas vivieron, cultivaron la tierra, enterraron a sus seres queridos y regresaron para empezar de nuevo después de los desastres.
Un sitio arqueológico conocido desde hace décadas
La importancia arqueológica de Pasaje 4 no es reciente.
En 1987, durante la instalación de tuberías de aguas negras y drenajes, trabajadores encontraron restos prehispánicos de forma accidental. Los arqueólogos Paul Amaroli y Gregorio Bello-Suazo realizaron entonces un rescate arqueológico.
En aquella ocasión fueron identificados nueve entierros correspondientes al período Preclásico Medio, entre los años 900 y 650 a. C.
Sin embargo, la expansión urbana dificultó continuar las investigaciones.
Las calles, viviendas, negocios, el tráfico y toda la infraestructura moderna convierten la arqueología urbana en un enorme desafío.
Décadas después, Flores Manzano y su equipo regresaron con un proyecto cuidadosamente planificado para estudiar las capas arqueológicas y geológicas del sitio.
Con este nuevo descubrimiento, el número de entierros documentados en Pasaje 4 asciende a diez. Los especialistas consideran muy probable que todavía existan más bajo las calles y construcciones cercanas.
Un descubrimiento que va más allá de un esqueleto
La relevancia de este hallazgo no radica únicamente en su antigüedad.
Cada uno de los elementos encontrados —el entierro, la vasija con forma de tortuga y los antiguos campos de cultivo— aporta nuevas pistas sobre cómo vivían, trabajaban y honraban a sus muertos algunas de las primeras comunidades asentadas en el valle de Antiguo Cuscatlán.
También nos recuerda que la historia de esta ciudad comenzó mucho antes de la construcción de centros comerciales, residenciales o edificios de oficinas.
Miles de años antes, este mismo valle ya albergaba familias que cultivaban la tierra y construían su futuro.
Caminando sobre la historia
Resulta inevitable imaginar cuántas personas caminaron durante años sobre Pasaje 4 sin sospechar que, bajo el asfalto, descansaban un antiguo entierro, una pequeña tortuga de cerámica, antiguos cultivos y capas de ceniza volcánica acumuladas durante milenios.
Aún desconocemos el nombre de esa persona. No sabemos si fue hombre o mujer, cómo vivió o cuáles eran sus creencias.
Pero el cuidado con el que fue enterrada y el objeto que alguien colocó entre sus manos nos hablan de algo profundamente humano.
Aquella vida fue importante para alguien.
Quizá ese sea el verdadero valor de la arqueología: no solo recuperar objetos antiguos o establecer fechas, sino devolvernos fragmentos de la humanidad de quienes nos precedieron.
El pasado sigue bajo nuestros pies
Con frecuencia pensamos en El Salvador como un país joven. Sin embargo, su territorio guarda una historia que se remonta miles de años atrás.
El actual Antiguo Cuscatlán se levanta sobre antiguos campos de cultivo, lugares de entierro y comunidades que aprendieron a convivir con la constante presencia de los volcanes.
Las erupciones transformaron su mundo, pero no acabaron con su historia.
Hoy, una parte de esa historia ha vuelto a emerger entre las cenizas.
Bajo el asfalto y la tierra volcánica, la memoria de una antigua comunidad ha resurgido.
Porque la historia no desaparece.
Permanece en silencio, esperando el momento en que la tierra vuelva a abrirse para contarnos, una vez más, quiénes fuimos.
Gracias por leer Nuestra Vida en El Salvador.
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Fuentes: Ministerio de Cultura de El Salvador, Diario El Salvador e Infobae El Salvador.

