
Imagen generada con inteligencia artificial para Nuestra Vida en El Salvador, que representa la paz y libertad que muchas familias experimentan hoy en el país.
Cuando leí esta mañana las cifras más recientes de homicidios en El Salvador publicadas por Diario El Salvador, inevitablemente pensé en el país que conocí por primera vez en 2004.
Cuando empecé a interesarme por visitar El Salvador a principios de los años 2000, casi todo lo que escuchaba sobre el país era negativo.
Las noticias hablaban constantemente de pandillas, violencia, pobreza y las consecuencias que aún permanecían después de la guerra civil. Amigos y conocidos que sabían que estaba considerando viajar me preguntaban por qué quería visitar un lugar que ellos consideraban tan peligroso.
Entendía sus preocupaciones.
En aquel momento, la imagen internacional de El Salvador estaba marcada casi exclusivamente por sus problemas. Si alguien dependía únicamente de los titulares de prensa, podía pensar que el peligro estaba presente en cada esquina.
Pero yo quería conocer el país por mí mismo.
Más de dos décadas después, El Salvador registra una de las cifras de homicidios más bajas de su historia reciente y, durante el primer semestre de 2026, reportó el menor número de homicidios de Centroamérica, según datos publicados por Diario El Salvador.
Leer esa noticia me hizo reflexionar sobre cuánto ha cambiado el país y sobre lo diferente que ha sido mi propia experiencia frente a la imagen que me habían presentado antes de mi primera visita.
Mi primera visita a El Salvador en 2004
Llegué a El Salvador en 2004 consciente de que el país enfrentaba problemas importantes, pero también con la mente abierta.
Lo que encontré fue mucho más complejo que lo que había visto en las noticias.
Existían zonas peligrosas y el problema de las pandillas era real. Las personas debían ser cuidadosas al desplazarse, especialmente quienes no conocían bien el territorio.
Sin embargo, la violencia estaba concentrada principalmente en determinadas comunidades y barrios.
Siguiendo los consejos de personas que conocían el país, evitando ciertas zonas y actuando con sentido común, pude recorrer El Salvador sin enfrentar ningún problema durante aquella primera visita.
Esa experiencia se ha mantenido a lo largo de los años.
Esto no significa que los problemas de seguridad del pasado fueran exagerados. Eran muy reales, especialmente para los salvadoreños que vivían o trabajaban en comunidades controladas por pandillas.
Muchos comerciantes fueron obligados a pagar extorsiones para poder mantener abiertos sus negocios. Conductores de autobuses, vendedores de mercados, pequeños empresarios y familias enteras vivían bajo amenazas que muchos visitantes nunca llegaron a ver.
Para ellos, la violencia no era una noticia en el periódico.
Era parte de la vida diaria.
Un país dividido por fronteras invisibles
Durante los años más difíciles, El Salvador parecía estar dividido por fronteras que no aparecían en ningún mapa.
Un visitante podía caminar por una calle aparentemente normal sin imaginar que los habitantes locales conocían perfectamente los límites que no debían cruzarse.
En algunas comunidades, pasar de un territorio controlado por una pandilla a otro podía representar un riesgo, especialmente para los jóvenes salvadoreños.
Las familias tuvieron que adaptar sus vidas a esa realidad.
Algunos negocios cerraban temprano. Muchas personas evitaban visitar familiares que vivían en otros sectores. Los trabajadores del transporte enfrentaban amenazas constantes. Otros salvadoreños decidieron abandonar el país porque sentían que ya no podían vivir con tranquilidad en sus propias comunidades.
Pero, al mismo tiempo, El Salvador nunca dejó de ser un país lleno de vida.
Las familias continuaban trabajando, los niños asistían a la escuela, las iglesias mantenían sus actividades y las personas seguían disfrutando de playas, parques, restaurantes y pueblos llenos de historia.
Ese fue el país que conocí: una nación hermosa que cargaba una pesada realidad que muchas veces permanecía invisible para quienes la observaban desde fuera.
Las cifras cuentan una historia diferente hoy
Según el informe publicado por Diario El Salvador el 20 de julio de 2026, El Salvador cerró los primeros seis meses del año con la cifra más baja de homicidios de Centroamérica.
Durante ese mismo período, Honduras y Guatemala registraron cantidades considerablemente mayores.
Junio destacó especialmente: la Policía Nacional Civil reportó únicamente un homicidio durante todo el mes, convirtiéndolo en el registro mensual más bajo dentro de las estadísticas oficiales del país.
Estas cifras habrían parecido imposibles cuando comencé a considerar viajar a El Salvador hace más de veinte años.
Es importante aclarar que existen diferencias entre comparar cantidades absolutas de homicidios y comparar tasas tomando en cuenta la población de cada país. Sin embargo, bajo cualquiera de esas perspectivas, la transformación de El Salvador ha sido significativa.
Un país que durante años fue asociado internacionalmente con la violencia ahora presenta indicadores de seguridad que lo colocan entre los países más seguros de la región según sus cifras de homicidios.
Eso representa un cambio profundo.
La seguridad es más que una estadística
Las cifras de homicidios son importantes, pero la verdadera historia está en lo que esos números significan para la vida cotidiana de las personas.
Una mejora en la seguridad significa que un comerciante puede abrir su negocio sin temor a que alguien llegue a exigir parte de sus ingresos.
Significa que una familia puede visitar un parque, asistir a un evento nocturno o viajar dentro del país con menos miedo.
Significa que muchos niños pueden crecer sin la presión de integrarse a una pandilla simplemente por vivir en determinada comunidad.
También significa que los salvadoreños pueden redescubrir su propio país.
Centros históricos que antes eran evitados hoy reciben visitantes. Las familias regresan a espacios públicos. Restaurantes y pequeños negocios permanecen abiertos durante más tiempo. Lugares que antes no eran considerados destinos turísticos comienzan a recuperar su identidad.
La seguridad también ha creado mejores condiciones para el turismo, la inversión, la construcción y el crecimiento de negocios locales.
Los inversionistas observan las cifras económicas, pero también quieren saber si sus empleados, clientes y propiedades estarán seguros.
Ese cambio ha modificado completamente la conversación sobre El Salvador.
El país que conozco hoy
Vivo en El Salvador desde noviembre de 2011 y he sido testigo de cambios que difícilmente habría imaginado durante mi primera visita.
El Salvador no es perfecto.
Ningún país está completamente libre de problemas. Siempre es necesario actuar con responsabilidad y sentido común.
También existen debates importantes sobre las políticas de seguridad del gobierno, el régimen de excepción y la protección de los derechos individuales. Esas discusiones forman parte de una sociedad democrática y no deben ser ignoradas.
Al mismo tiempo, resulta difícil negar lo que muchas personas pueden observar diariamente en sus comunidades.
El miedo que durante años condicionó tantas decisiones ha disminuido considerablemente. Lugares asociados anteriormente con las pandillas están reconstruyendo su identidad. Empresarios que sufrieron extorsiones pueden trabajar con mayor libertad. Las familias vuelven a ocupar espacios públicos que antes estaban dominados por el temor.
Para alguien que recuerda cómo se hablaba de El Salvador a principios de los años 2000, la diferencia es enorme.
Más allá de la antigua imagen del país
Uno de los mayores desafíos actuales de El Salvador es cambiar la imagen internacional que se formó durante sus años más violentos.
Muchas personas fuera del país todavía imaginan el El Salvador de hace 15 o 20 años. Recuerdan los titulares de aquella época, pero no han seguido la transformación reciente.
No saben que el país que alguna vez generó temor ahora registra niveles de seguridad muy diferentes a los del pasado.
Comprendo esa percepción porque yo mismo escuché esas advertencias antes de mi primera visita.
Pero me alegra no haber permitido que esas opiniones decidieran por mí.
Vine a El Salvador, conocí su realidad directamente y descubrí un lugar muy diferente al que aparecía en las noticias.
Había problemas, sí.
Pero también había belleza, hospitalidad, familias, cultura y un fuerte sentido de comunidad.
Esas cualidades siempre estuvieron presentes.
La diferencia es que hoy más personas pueden disfrutarlas sin que la sombra de la violencia controle completamente dónde pueden ir o cómo pueden vivir.
Un cambio que merece ser reconocido
Las cifras recientes de homicidios representan mucho más que una estadística positiva.
Reflejan cuánto ha cambiado El Salvador desde aquel país que conocí en 2004.
Para muchos salvadoreños, esta transformación es profundamente personal. Se mide en negocios que ya no pagan extorsión, comunidades que recuperan sus espacios y familias que pueden disfrutar su país con mayor tranquilidad.
Nunca he tenido personalmente un problema de seguridad durante mis visitas ni durante los años que he vivido aquí.
Sé, sin embargo, que muchas personas sí sufrieron durante los años más difíciles de control de las pandillas. Sus experiencias nunca deben ser olvidadas.
Precisamente por eso los avances actuales tienen tanto significado.
El Salvador que conocí por primera vez era un país hermoso luchando contra una carga enorme.
El Salvador de hoy es un país más seguro, más abierto y con una confianza que hace dos décadas parecía difícil de imaginar.
Para quienes hemos visto ambos momentos, la diferencia no solo aparece en las estadísticas.
También se siente en la vida diaria.
Fuente: “El Salvador tiene la cifra más baja de homicidios en Centroamérica en el primer semestre de 2026”, Diario El Salvador.
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